Fotos: Juan Diego Castillo / Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.
por Gonzalo Tello, (Bogotá, Colombia).
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Parafraseando una idea de Marcelo Lombardero:
“En Europa la ópera es la norma; en Latinoamérica, un evento”. Y más
aún cuando se trata de subir a escena una ópera nada menos que del
coloso Richard Wagner. Si bien Buenos Aires o Santiago, por ejemplo,
tienen mayor experiencia con este compositor gracias a la grandeza y
estabilidad de sus compañías, en el resto del hemisferio sigue siendo
poco frecuente y todo un acontecimiento, ya que no solo se requieren los
creadores adecuados, sino también elencos e intérpretes que den la
talla a un nivel superlativo.
¿Cuán complejo es? Primero,
cubrir el presupuesto que todo lo anterior implica, generalmente mucho
mayor que el de una ópera tradicional. Luego, atravesar la barrera de sí
a nuestro público le gustará o le parecerá demasiado “complejo”,
considerando que un título popular de Puccini o Verdi rara vez falla.
Después viene el trabajo de dirección musical y escénica, así como
contar con cantantes europeos de peso que llevan estos roles en su
repertorio, o con cantantes latinoamericanos que, aunque pocos, existen y
son de excelente nivel, pero difíciles de reunir.
Todos estos factores confluyeron
en Bogotá, una capital a la que no le faltan eventos culturales y que
presenta en diversos escenarios una buena cantidad de óperas cada año.
Solo el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo programa
entre tres y cuatro títulos anuales —entre ópera, zarzuela y formatos
de cámara—, lo que lo convierte en uno de los escenarios del país que
apuesta por una variedad artística relevante., y es uno de muchos más.
En Colombia, Wagner se había
visto solo dos veces antes. La primera fue en 2013, cuando la Ópera de
Colombia presentó un histórico Tannhäuser en el Teatro Jorge Eliécer
Gaitán, en una producción del reconocido régisseur Alejandro Chacón, con
solistas internacionales y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar bajo la
dirección del célebre Gustavo Dudamel, quien entonces abordaba su primer
Wagner.
La segunda ocurrió en 2016,
precisamente en el Teatro Mayor, con Tristán e Isolda en una producción
de la Ópera Estatal de Hamburgo, encabezada por un elenco formidable:
Ricarda Merbeth, Robert Dean Smith, Lioba Braun, Mikhail Petrenko y
Werner Van Mechelen, bajo la dirección del legendario Kent Nagano al
frente de la Filarmónica Estatal de Hamburgo. Un evento verdaderamente
excepcional e inolvidable que también tuve la oportunidad de disfrutar
en vivo.

LA GÉNESIS DEL ÉXITO
Este Holandés errante (Der
fliegende Holländer) es la tercera ópera de Wagner que se presenta
escénicamente en el país, con solistas argentinos y colombianos, el Coro
Nacional de Colombia y la excelente Orquesta Filarmónica de Bogotá,
bajo la dirección del maestro suizo Stefan Lano, quien colabora
frecuentemente con Marcelo Lombardero, especialmente en el Palacio de
Bellas Artes de México, de donde este último es director artístico desde
2024.
Recuerdo haber conocido a
Lombardero en 2013, en Lima, a raíz de su participación como jurado en
el Concurso de Canto Lírico que Radio Filarmonía organizaba ese año. Por
entonces, con entusiasmo, le propuse al reconocido régisseur visitar el
Gran Teatro Nacional, recientemente inaugurado y aún hoy una joya
arquitectónica y tecnológica no superada en la región. El maestro quedó
impresionado con un teatro moderno dotado de semejante infraestructura.
En esa visita, el anfitrión fue Juan Carlos Adrianzén, por entonces
director del GTN, quien años más tarde asumiría la dirección de
programación del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.
Creo que la química entre ambos
fue evidente, pues comparten un cariño especial por su trabajo y una
gran sensibilidad por las artes escénicas. Si bien Lombardero aún no ha
llevado sus producciones a Lima, sí lo ha hecho en varias ocasiones —y
con notable éxito— en Bogotá. Su más reciente producción de El holandés
errante es, en cierto modo, consecuencia de ese recorrido exitoso en
temporadas anteriores en la capital colombiana, presentando títulos como
Mahagonny y Così fan tutte. Me resulta grato presenciar, tras tantos
años, el fruto de esta colaboración entre ambos gestores culturales, que
demuestra un nivel artístico excepcional y amor por la excelencia.

UN HOLANDÉS “HUMANO”
Lombardero no es ajeno a Wagner,
es más, él y Wagner se complementan. La visión del compositor de
trascender barreras, crear nuevos límites, recuperar lo clásico y
trabajar por lo más sublime del arte son características que Lombardero
ha demostrado en sus producciones. Si bien, como él dice, no es ni muy
vanguardista ni muy tradicional, se refleja en su trabajo un interés por
contar siempre algo nuevo y diferente, pero sin romper la esencia del
compositor como muchas veces vemos en múltiples producciones. Ese
profundo conocimiento del teatro y su versatilidad hacen de Lombardero
uno de los directores más fascinantes de nuestro hemisferio.
Su visión de El holandés errante
no rompe con el libreto; incluso podría calificarse de tradicional. Sin
embargo, aporta nuevas aristas: humanas, actuales y sinceras. Desde el
inicio de la poderosa obertura, la escena nos presenta a una Senta niña,
jugando en casa junto a su madre —figura ausente en el libreto
original—. La aparición del padre, claramente violento, marca el
quiebre: no solo exige comida y bebida, sino que, presa de la ira,
agrede a la madre frente a la niña. La madre aparece sumisa y resignada,
atrapada en esa dinámica. Este contexto moldea la psicología de Senta,
quien ya posee un retrato del holandés al que venera, podríamos decir,
enfermizamente..
Este enfoque introduce una nueva
capa de lectura a una obra ampliamente conocida y evidencia la
preocupación de Lombardero por incorporar temas a la vez atemporales y
actuales. Además, su holandés es profundamente humano: un hombre con
inseguridades y dudas, alejado del carácter meramente fantasmagórico con
el que suele representarse. Esto lo hace más cercano y convincente al
público.

LA PRODUCCIÓN
Como ya es tradición, la ópera
se presenta sin cortes y sus tres actos transcurren sin pausas. En el
primero destaca una escenografía sobria pero minuciosamente elaborada:
paredes laterales que delimitan el espacio, una porción de la proa del
barco de Daland y un fondo con logradas proyecciones tridimensionales de
la tormenta y el mar., además de la llegada del barco del holandés.
El vestuario es atemporal, con
sutiles acentos futuristas que conservan una línea clásica,
particularmente en el caso del holandés, quien aparece con un sobretodo
guinda y una estética post-punk —cabello con corte mohicano incluido—.
Daland y el timonel, en cambio, lucen trajes más convencionales, de
impronta tradicional.

La versátil escenografía muta
constantemente: de la casa de Senta durante la obertura al puerto donde
confluyen Daland y el holandés; luego, en el segundo acto, a una amplia
terraza y a la casa iluminada por lámparas suspendidas, con rejas que
separan el interior del exterior y la presencia permanente del mar al
fondo. Finalmente, el espacio se transforma en la intimidad del hogar de
Senta y en el muelle del último acto.
La
utilería es austera: a la izquierda, un sillón sobre el cual destaca el
retrato del holandés; a la derecha, una mesa-escritorio con botellas,
vasos y otros elementos domésticos. El trabajo escenográfico y de video,
junto con la iluminación y el vestuario —a cargo de Noelia González
Svoboda, José Luis Fiorruccio y Luciana Guzmán, respectivamente— se
alinea con la visión de Marcelo Lombardero: una propuesta gótica, oscura
y misteriosa, de impronta moderna. La paleta cromática, dominada por
azules, celestes y lilas, encierra al espectador en un universo costero y
tenebroso, cercano por momentos a la estética del cine noir.
LOS ARTISTAS
Podemos decir que el elenco no
solo estuvo a la altura, sino que incluso superó las expectativas. Como
mencioné antes, resulta especialmente grato que todos los solistas sean
latinoamericanos. En el rol del holandés se contó con Hernán Iturralde, el celebrado bajo-barítono argentino que triunfa en escenarios como el Teatro Colón y otras grandes plazas.

Su encarnación del marino
condenado a surcar los mares por siglos fue vocalmente poderosa, con
líneas firmes y una dicción que evidencia amplia experiencia escénica. A
ello se sumó una presencia sobria, casi resignada ante su maldición,
aunque atravesada por un impulso latente por romper el ciclo. Destacó
desde su gran aria de entrada, “Die Frist ist um”, y resultó
especialmente conmovedor —pero también avasallador— en su primer dúo con
Senta.
La presencia de Iturralde deja
huella incluso cuando no canta: su sola figura en escena sostiene la
tensión dramática. Y su impacto en el desenlace, cuando el personaje se
siente traicionado por Senta, conduce a un clímax de auténtico delirio
teatral y musical.

La protagonista de esta producción, Senta, es interpretada por la soprano colombiana Betty Garcés,
hoy una de las voces más importantes y destacadas del país. La escuché
por primera vez hace tres años, protagonizando Ariadne auf Naxos en el
Teatro Colón de Bogotá, y me impresionaron su lirismo, potencia vocal y
un fraseo de gran densidad y musicalidad.
Este Holandés marca su debut en
Wagner, y puede decirse que lo ha llevado, literalmente, a buen puerto.
Su entrega y versatilidad escénica resultan contundentes desde el
inicio. La dicción en alemán es impecable y, desde su entrada con la
célebre balada de Senta, se entrega por completo, con una voz ya
aclimatada a las exigencias vertiginosas de la partitura, cuyas líneas
suben y bajan como las olas del mar que la rodean.
Especialmente logrado resulta su
primer dúo con el holandés, uno de los momentos más sublimes de la
ópera, donde su entrega es total: fraseo exquisito, emisión segura y
agudos deslumbrantes. En su leitmotiv principal —que reaparece
constantemente y alcanza su clímax en el final— demuestra plenas
aptitudes para el rol y el repertorio.
Pocas veces se escuchan voces
wagnerianas con esta combinación de técnica y entrega, por lo que era
inevitable imaginar, con entusiasmo, cómo sonaría en papeles como
Elisabeth o Elsa, roles que bien podrían incorporarse pronto a su
repertorio.

En el relativamente breve rol de Erik, el prometido de Senta, se contó con el veterano Heldentenor argentino Gustavo López Manzitti, ampliamente celebrado y respetado en los teatros de la región y también en Europa, donde aborda papeles de gran exigencia.
Su voz, potente y afinada, de
timbre generoso pero siempre controlado, convirtió cada una de sus
intervenciones junto a Senta en un auténtico placer wagneriano. Aunque
Erik no dispone de un aria propia en esta ópera, su lucimiento se
concentra en escenas y dúos, especialmente con Senta. Su interpretación
fue sólida desde el inicio y su presencia escénica dejó una impresión
perdurable, especialmente en su gran aparición final

Otro resultado notable lo ofreció el veterano barítono colombiano Valeriano Lanchas,
ampliamente celebrado en escenarios internacionales. Desde sus primeras
frases, con esa voz oscura y poderosa, me recordó por momentos la
imponencia del gran Franz-Josef Selig, gracias a un control técnico
absoluto y a una emisión de gran autoridad.
Su desempeño resultó convincente
tanto en los pasajes de mayor contundencia —especialmente en el dúo con
el holandés— como en los momentos más íntimos junto a Senta. Aun cuando
la lectura escénica lo presenta como una figura abusiva hacia su hija,
la voz conserva una cierta calidez que aporta profundidad al personaje,
incluso yendo más allá de la superficialidad habitual de Daland, ese
padre que entrega a su hija a un desconocido a cambio de riquezas.
El rol del timonel estuvo a cargo del tenor colombiano Hans Ever Mogollón,
quien asume una escena clave casi a cappella al inicio de la ópera y
estuvo plenamente a la altura de sus colegas en escena. Su voz, de
naturaleza lírica, se mostró controlada y proyectada con solvencia por
encima de la orquesta.
Otro momento destacado lo ofreció la mezzosoprano costarricense Ana Mora
como Mary, rol que abordó con solidez vocal y apreciable presencia
escénica, aportando profundidad a un personaje breve pero esencial
dentro del entramado dramático.

LOS ELENCOS
Una mención especial merece el Coro Nacional de Colombia,
integrado en su mayoría por voces jóvenes. El desafío wagneriano fue
superado con creces: no solo por la potencia del conjunto, sino también
por el oficio escénico que demostraron a lo largo de la función.
Su interpretación del coro de
marineros que cierra el primer acto fue un impacto contundente,
revelando una preparación sólida para las exigencias de esta partitura.
Asimismo, el coro de hilanderas en el segundo acto se desarrolló con
notable completitud, ofreciendo matices dinámicos, variedad de volúmenes
y una clara entrega teatral.
El clímax coral llegó en la
escena inicial del tercer acto, en el famoso coro de los marineros
noruegos, donde el reto consistía en sostener la contundencia musical en
medio de un movimiento escénico constante y un tempo particularmente
arriesgado y frenético por parte de Stefan Lano, más veloz de lo
habitual. Los coreutas superaron este desafío con solvencia, demostrando
disciplina y capacidad de adaptación en un contexto de alta exigencia.
La Orquesta Filarmónica de Bogotá
hizo plena justicia a la exigente partitura wagneriana, con un sonido
compacto, balances bien logrados y una sección de metales
particularmente noble pero a la vez enérgica, además de una versatilidad
equiparable a la de muchas orquestas europeas de alto nivel. La
agrupación cuenta, además, con el respaldo de una intensa temporada
anual que podría figurar en cualquier gran sala europea, con repertorios
que abarcan desde el barroco y el clasicismo hasta los grandes pilares
del sinfonismo romántico y postromántico, sin descuidar la música
colombiana y la creación contemporánea.
Por su parte, Stefan Lano
demostró no solo afinidad con el lenguaje wagneriano, sino también una
conducción sólida y experimentada. Supo articular con precisión el
trabajo conjunto de coro, solistas y orquesta, manejando tiempos firmes,
volúmenes contundentes y matices delicados, logrando una lectura
equilibrada y teatralmente efectiva.

El resultado de esta producción
del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo puede considerarse plenamente
exitoso: tres funciones con boletería agotada y un público entusiasta
que demuestra estar listo —e incluso ansioso— por más Wagner romántico.
La respuesta en sala confirma que, cuando las condiciones artísticas se
alinean, este repertorio encuentra eco también en nuestras latitudes.
De cara al futuro, títulos como
Lohengrin y Tannhäuser aparecen como pasos naturales dentro de esta
línea programática. Ambos podrían despertar un interés similar y
consolidar no solo buenos resultados de taquilla, sino también nuevas
cimas artísticas para el teatro.