05 agosto 2013

En la colina mágica de Wagner


(El País Cultura) En Bayreuth, ciudad bávara en la que Wagner propició la construcción de un teatro de ópera a la medida de sus enormes inquietudes artísticas, se respira estos días una extraña sensación de calma. No ha habido ninguna manifestación callejera de protesta en la apertura del festival, ni siquiera al pie de la verde colina. Los tres edificios más emblemáticos de la ciudad se encuentran en proceso de restauración: el bellísimo teatro barroco de los Margrave; la casa Wahnfried, en cuya parte posterior se encuentra la tumba de Wagner, y hasta parcialmente la mismísima fachada de la Festspielhaus, donde tienen lugar las representaciones.

Como contraste se ha montado en los alrededores del teatro una instalación colorista de medio millar de figuras de Wagner de un metro aproximado de altura, compartiendo espacio en la colina con una exposición, Los judíos y el festival, de 1876 a 1945. Los wagneritos,como ya se les conoce, se pueden comprar a 300 euros en una galería de la zona peatonal y son obra del escultor Ottmar Hörl, especializa do en este tipo de montajes. De él aún se recuerda la polémica suscitada por sus “enanitos del jardín”, colocados en Núremberg en 2009, y sobre todo el saludo hitleriano que confirió a sus figuritas.

Un ‘wagnerito’, una figura de un metro del compositor, cuesta 300 euros

 Aunque para controversias, la vivida en Bayreuth con el estreno de una nueva producción de El anillo del Nibelungo, ópera de unas 16 horas en un prólogo y tres jornadas. Es la apuesta central del festival. También lo fue en 1976, cuando se conmemoró el centenario de su estreno completo aquí. Pierre Boulez y Patrice Chéreau consiguieron artísticamente un espectáculo que ha entrado meritoriamente en la categoría de lo “histórico”. Esta vez el festival ha optado musicalmente por Kirill Petrenko. Era una decisión de alto riesgo, pues no en vano desde 2006 el maestro de ceremonias en esta ópera monumental ha sido el venerado Christian Thielemann. Para la opción escénica se lleva una década tanteando a carismáticos directores de cine para esta empresa. Primero fue Lars von Trier, que renunció después de varios años de estudio; después, Wim Wenders, que también aceptó el reto.

Al final la responsabilidad de los últimos Anillos ha sido dejada en manos de dos figuras del teatro de prosa. Con Tankred Dorst, a partir de 2006, pasaron muy pocas cosas; con Frank Castorf, quizás demasiadas. Los tiempos de directores más familiarizados con la ópera como Jürgen Flimm, Alfred Kirchner o Harry Kupfer, responsables de lasAnillosanteriores, han quedado fuera de onda.

Un ensayista tan competente como Enrique Gavilán ha señalado en su último libro sobre Wagner, publicado en Akal, que tanto en la tetralogía en su totalidad, como en cada escena concreta, “el cruce de la situación argumental y la nebulosa musical abre las encrucijadas donde se encuentran mito e historia, sueño y vigilia, pasado y futuro”. Frank Castorf, gurú durante muchos años de la Volksbühne en la plaza Rosa Luxemburg de Berlín, y su equipo dramatúrgico, han encontrado un hilo conductor para su planteamiento de El anillo en la explotación del petróleo, asociado a una estética en cierto modo posindustrial y hasta cotidiana en su sentido más evidente que, por sí misma y acto a acto, va configurando una lectura paralela de la historia de poder y amor que Wagner presenta en su obra más ambiciosa. Los ecos de George Bernard Shaw en El perfecto wagneriano, de finales del XIX desde una perspectiva anglosajona, saltan de entrada a la vista, especialmente en la reivindicación de El anillo como primer manifiesto socialista artístico. Castorf juega con ese elemento evocador, con ese cruce de pasado y futuro, de mito e historia, de sueño y vigilia. Pero lo hace, ay, más teatral y pictóricamente que en términos de exigencia musical. Eso, y su necesidad de originalidad, le pierden.

La bronca contra el director de escena del ‘Anillo’ duró 10 minutos de reloj

El Anillo de Castorf se desarrolla en un motel con gasolinera de la mítica Ruta 66 de Estados Unidos; en una explotación industrial de Azerbaiyán; al pie de un trasunto del monumento del monte Rushmore en el que las imágenes de los presidentes Jefferson, Washington, Lincoln y Roosevelt, se sustituyen por las efigies de Marx, Lenin, Stalin y Mao; en la Alexanderplatz de Berlín antes de la caída del Muro, con botellas de vodka en los escaparates y una reproducción del reloj del mundo frente a las entradas de las líneas de metro; en la fábrica química Plaste und Elaste; y, en fin, en la Bolsa de Nueva York.

No se respeta el orden cronológico, asumiendo que cada escena, cada situación, es un mundo independiente. Hay un teatro político de fondo, banalizado por un erotismo elemental —intento de sexo oral entre Wotan y Erda, por ejemplo— y por varias ocurrencias que reflejan la impotencia de fondo, como un pájaro del bosque, que parecía recién traído de los carnavales tinerfeños, con el que Sigfrido tiene su iniciación sexual, o la presencia de dos cocodrilos fornicando para complementar el maravilloso dúo de amor entre Brunilda y Sigfrido tras su primer encuentro. Lejos de aportar pautas de reflexión, estos “hallazgos” no hacen más que distraer por su acumulación, generando confusión. En paralelo hay una proyección videográfica interesante, aunque desigual, y permanece en todo momento una calidad escenográfica excepcional gracias al trabajo impecable del serbio Aleksandar Denic.

El momento más intenso de la representación fue el primer acto de La valquiria, gracias a la soberbia actuación de los cantantes Johan Botha y Anja Kampe. El equipo vocal, muy arropado por el público, fue discreto, con una Brunilda —Catherine Foster— sin entidad emocional, y discutibles actuaciones de los personajes de Hagen —Attila Jun— o Sigfrido —Lance Ryan—. El coro se mantuvo a sus niveles habituales de excelencia, al igual que la orquesta. El gran triunfador fue el director ruso Kirill Petrenko, con un trabajo sereno, lleno de matices, sin perder la tensión un solo instante, poético y analítico en estado extremo. Después del verano se hace cargo de la Ópera de Baviera en Múnich.

La bronca contra el director de escena duró 10 minutos de reloj. Bien es verdad que él provocó al público con gestos insinuantes, llevándose los dedos índices a las sienes o haciendo alusión al hecho de beber. Como Castorf no se iba, Petrenko tuvo que comparecer en escena para pedir su momento de gloria para la orquesta. Ni aun así el director se marchaba. Asistió, salvo a El ocaso de los dioses, la canciller Angela Merkel, en su localidad de la fila 13 pagada de su bolsillo, como manifestó Katharina Wagner, biznieta del compositor.

Después de las representaciones, quedó flotando una inevitable pregunta: ¿cuál es el mejor Anillo en Bayreuth? Me inclino por el de Hans Knappertsbuch en la década de los cincuenta con Wieland Wagner en el apartado escénico. Tal vez, el del año 1957 con Varnay, Hotter, Vinay, Windgassen y Nilsson, entre otros. Las de los años 1956 y 1958 son también de nivel superlativo.

Un momento del montaje 'El oro del Rin'. / ENRICO NEWRATH

Antes de terminar, un epílogo. Recordé la vieja película Aquí hay petróleo, de Rafael J. Salvia, rodada en los años cincuenta en Turégano (Segovia), con los actores José Luis Ozores y Manolo Morán, en la que unos estadounidenses afirmaban que se podía extraer el codiciado oro negro. El petróleo, en efecto, ha sido en las últimas décadas un símbolo de nuestra civilización. El petróleo de buena ley en este Anillo ha sido para Petrenko. El enfoque teatral de Castorf se ha quedado anticuado estéticamente —y hasta éticamente— para un desafío como este. Las voces han dejado detrás una sensación de crisis. Pero Bayreuth es Bayreuth y Wagner es Wagner.

Lo mejor será, mientras llegan tiempos mejores, tomarse una buena cerveza y una cena en consonancia. Recomiendo cuatro restaurantes de menos de 20 euros: el italiano Sinnopoli, el griego Plaka y los alemanes Oskar y Wolffenzacher.