08 marzo 2014

Carl Philipp Emanuel Bach: 300 años


Por Luis Gago - El País 
Aunque solo tengan cuatro letras, hay apellidos que pesan mucho, demasiado. Lo han experimentado amargamente los tres grandes hijos compositores de Johann Sebastian Bach: Wilhelm Friedemann, Carl Philipp Emanuel y Johann Christian. La sombra del padre ha eclipsado sus logros y hoy son muy pocos los intérpretes o los programadores que se acuerdan de ellos, quizá por creerlos —equivocadamente— meros epígonos o nombres menores. Sin embargo, la situación fue justamente la inversa en los dos últimos tercios del siglo XVIII, cuando los tres estuvieron en activo, y era solo una selecta minoría la que sabía de la existencia de la figura y la música de su padre. Habrían de pasar varias décadas para que, muy poco a poco, este empezara a salir del olvido y lograra encaramarse a lo más alto del canon musical occidental.
Carl Philipp Emanuel desempeñó un papel crucial a la hora de poner las primeras piedras de esa gloria tardía: se encargó, por ejemplo, de la edición póstuma de El arte de la fuga; fue quien redactó en 1754, junto con Johann Friedrich Agricola, la famosa necrológica de su padre, un documento invaluable y aún desprovisto de las impurezas que luego emborronarían la biografía del músico; hizo cuanto estuvo en su mano para que no se dispersara su legado y gracias a él, y a su condición de músico de corte de Federico el Grande, muchos manuscritos acabaron encontrando refugio seguro en la biblioteca de su hermana, la princesa Anna Amalia; en dos famosas cartas fechadas en 1774 y 1775, proporcionó información de primera mano sobre su padre a Johann Nikolaus Forkel, autor de la biografía pionera de 1802; y a él se debe también la primera interpretación pública, en Hamburgo en 1786, de un fragmento de la hasta entonces inédita y desconocida Misa en Si menor,el Symbolum Nicenum, con añadidos propios que han traído de cabeza a los musicólogos que han querido deslindarlos por el insólito parecido entre la grafía musical de padre e hijo.
Pero a Carl Philipp Emanuel hay que valorarlo sobre todo por sus propios méritos. En sus Noticias biográficas sobre Joseph Haydn, el muy fiable Georg August Griesinger escribe que el autor de La Creación“admitía abiertamente haber aprendido de Emanuel Bach la mayor parte de lo que sabía”, y en otro momento le hace afirmar: “Quien me conozca a fondo se dará cuenta de que es mucho lo que debo a Emanuel Bach”. Las cartas de Mozart contienen también numerosas referencias a él: solicitó a su editor, Johann Gottlob Breitkopf, una lista de todas sus obras y le confesó a su padre estar coleccionando y estudiando sus fugas completas. Mozart admiró también sin reservas al que él llamaba “el Bach inglés”, Johann Christian, pues pasó los últimos veinte años de su vida en Londres: “¡Qué gran pérdida para el mundo de la música!”, exclamó Wolfgang en una carta dirigida a Leopold, su padre, el 10 de abril de 1782, pocas semanas después de la muerte de este hijo de Bach. Y fue Carl Philipp Emanuel, 21 años mayor que su hermano, quien lo acogió en su casa de Berlín y se convirtió en su mentor al morir el padre de ambos en 1750.
Beethoven también lo ensalzó y en 1810 hizo lo mismo que Mozart décadas atrás: solicitar a Breitkopf, su editor, que le enviase todas las obras de Carl Philipp Emanuel. Nos consta, asimismo, que estudió su principal obra teórica, el Ensayo sobre el verdadero arte de tocar los instrumentos de tecla (en dos partes, 1753 y 1762), un hito de la praxis interpretativa histórica que contiene también diversas composiciones originales. El estilo inconfundible de la música para teclado de Carl Philipp Emanuel, con sus contrastes temáticos y sus súbitas modulaciones, dejó una huella patente, por ejemplo, en la Fantasía opus 77, de Beethoven. Es justamente esta imprevisibilidad de su música lo que la hace inconfundible y la convierte en un gozne perfecto entre el orden barroco y el equilibrio clásico. Gracias a la recuperación en Kiev en 1999 de lo que fueron los archivos musicales de la Sing-Akademie de Berlín han podido recuperarse asimismo muchos manuscritos de las cantatas y pasiones de sus años de Hamburgo que se creían perdidas, arrojando más luz sobre su condición de puente entre dos mundos. En la ciudad hanseática sucedió en 1767 a su padrino, Georg Philipp Telemann, como responsable de la música de las cinco principales iglesias de la ciudad, y allí permanecería hasta su muerte en 1788.
Las ciudades alemanas que fueron los principales escenarios de su vida se han unido ahora para recordarlo: Weimar, donde nació el 8 de marzo de 1714, fruto del primer matrimonio de Johann Sebastian; Leipzig, adonde se trasladó con su familia en 1723 tras el nombramiento de su padre como cantor de la Thomasschule; Fráncfort del Óder, en cuya universidad estudió a partir de 1734; Potsdam y Berlín, donde trabajó al servicio de Federico el Grande y recibió la visita de su padre en 1747, fruto de la cual vería la luz la Ofrenda musical; y la ya citada Hamburgo, donde disfrutó de una celebridad internacional que jamás conoció Johann Sebastian y donde lo visitó el viajero e historiador inglés Charles Burney en 1772, que dejó escrito en su diario que “llevaba mucho tiempo contemplando con el mayor deleite sus elegantes y originales composiciones; y crearon en mí un deseo tan fuerte de verlo y oírlo que al visitar esta ciudad no tenía ninguna otra tentación musical”. Dos años después, su compatriota Thomas Twining confesaba a Burney en una carta ser él mismo presa de un entusiasmo por la música del alemán que bautiza como Carlophilipemanuelbachomania.
Está aún en curso la edición de sus obras completas —una tarea formidable, pues cultivó prolíficamente todos los géneros a excepción de la ópera, como su padre—, y su principal responsable, Christopher Hogwood, hablará sobre él y tocará sus obras hoy en el Museo Bach de Leipzig, en la clausura de un congreso dedicado desde el jueves a su figura y a su ubicación “en la zona de conflicto entre tradición y ruptura”. También sonará hoy su música en multitud de conciertos programados en el resto de las ciudades alemanas en que vivió, así como en Utrecht (en la capilla del Conservatorio, con participación de la flautista española Ada Pérez), Nueva York (The Abigail Adams Smith Auditorium) o Los Ángeles (Thayer Hall). En Madrid se han tocado recientemente piezas instrumentales en dos conciertos celebrados en el CaixaForum y volverá a sonar allí el próximo martes con el grupo CommuSicare. Confiemos en que esta vez Carl Philipp Emanuel vuelva por fin para quedarse y que, en lo sucesivo, las cuatro letras de su glorioso apellido le sean ligeras.