Mostrando las entradas con la etiqueta Katia Kavanova. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Katia Kavanova. Mostrar todas las entradas

15 diciembre 2008

Karita Mattila: «Conozco bien a Mortier y le deseo buena suerte al Real»

La soprano finlandesa, defensora de los derechos de la mujer y de la igualdad, protagoniza estos días en el teatro madrileño «Katia Kabanova», de Janácek, y asegura que «historias como ésta pueden suceder hoy en día, por eso es necesario contarlas».
Karita Mattila: «Conozco bien a Mortier y le deseo buena suerte al Real»
Karita Mattila, el pasado martes en el Teatro Real/ FRANCISCO SECO

Poco asidua a los escenarios españoles, sobre todo los operísticos, Karita Mattila se ha convertido en la gran triunfadora -gracias a su voz y su poderosa presencia dramática- de «Katia Kabanova», de Janácek, que en el montaje de Robert Carsen se puede ver en el Teatro Real hasta el 23 de diciembre. La soprano finlandesa reconoce su admiración por el compositor checo y el tratamiento que éste hace de sus personajes, en especial los femeninos, de los que ha interpretado Jenufa y el que ahora la trae a Madrid, Katia, protagonista de una historia que «puede ser la misma de muchas mujeres que no pertenecen a una época determinada. Sabemos que entonces, en el campo, las mujeres eran tratadas así, pero creo que vale la pena contarla -afirma-. Su personaje es la combinación de la inocencia y su falta de capacidad para tener una reacción fuerte y dura. Ella espera la paliza que le da el marido, porque es lo normal en esa sociedad, pero no espera su propia reacción interior de culpabilidad, fruto de sus sentimientos religiosos. Hay que acercarse a esta historia sin juicios ni prejuicios».
-Usted, que ha interpretado numerosos personajes femeninos verdianos, siempre ha mostrado, sin embargo, su predilección por los de Janácek...
-He interpretado dos personajes de Janácek, Jenufa y Katia, y dentro de un par de años cantaré «El caso Makropulos» con el maestro Jirí Belohlávek, algo que me hace mucha ilusión. Es un compositor fascinante, y sus historias tienen un gran interés. Para una cantante moderna con ambición es una situación ideal pues tienes que interpretar la parte musical y la dramática. Sin menospreciar el reto que supone cantar a Verdi, en las obras de éste los personajes femeninos necesitan de un director de escena con mucha fuerza y muy interesantes para poder dar vida a lo que está sucediendo sobre el escenario. Tienen que tener una gran imaginación.
-Janácek profundiza mucho en la psicología de las mujeres...
- Por eso estoy fascinada por Janácek, porque estamos hablando de historias que nos hacen preguntarnos por qué ha puesto la mujer como elemento central de la obra. No era especialmente feminista, pero en sus obras les da un espacio y una profundidad muy importantes. También lo hizo Beethoven en «Fidelio». Además, el talento de Janácek lleva a los cantantes y al público más allá de la propia obra. Para mí es interesante trabajar este tipo de papeles con un equipo que también quiere profundizar. Nunca son obras convencionales. A título personal, todo lo que tiene que ver con la vida de las mujeres, con sus derechos, los derechos humanos y la igualdad es muy importante para mí.
-¿Qué le parece el trabajo de Robert Carsen y qué es lo que busca cuando acepta una puesta en escena determinada?
-Para mí es importante la elección del director de escena. Hay algunos a los que conozco muy bien y entonces me resulta fácil tomar una decisión para aceptar cualquier oferta. Con Carsen ya trabajé en 1996 en «Lohengrin» en París, y definitivamente me gusta su manera de acercarse a la obra. Pero también quiero mencionar la labor de su asistente, que es muy buena. Se habla poco de ellos, capaces de llevar adelante un montaje cuando los directores están ocupados en otro lugar. El resultado de esta producción es estupendo pero tengo que decir que técnicamente no ha resultado muy agradable e incluso peligroso al estar todo el tiempo con los pies mojados, envuelta en toallas, con miedo a coger un resfriado. Menos mal que estamos en Madrid y no en Finlandia (se ríe). Termino la función con el culo y todo mojado pero a fin de cuentas nadie pregunta la opinión al cantante. Se supone que no es lo importante. De todas maneras, después de ver a los bailarines todo el tiempo en el agua, y ver lo duro que es su trabajo, creo que no tengo derecho a quejarme.
-Entre sus retos se encontraba el de cantar en un futuro el papel de Brunilda, ¿para cuándo?
-Eso lo dije hace unos años. A medida que me voy haciendo mayor tengo que estar segura de que tengo la voz adecuada para ciertas obras. Ahora estoy cantando menos. Antes incluía uno, dos o tres obras nuevas al año y ahora me gusta mucho reponer mi repertorio. Hace un par de años canté «Lohengrin» y consulté a dos músicos amigos sobre la posibilidad de cantar Isolda y uno me dijo que sí y el otro que no. Realmente echo de menos a mi profesora, que ahora está muy enferma, y a veces me falta la persona con la que consultar estos temas. Hay pocas personas de las que me fío: uno o dos directores musicales, y, desde luego, de los sobreintendentes de ópera, en absoluto. Ahora canto menos para mantener la flexibilidad y la frescura y estoy disfrutando mucho de la versatilidad del repertorio italiano. En cuanto a Wagner, tengo una relación complicada con él. Como dice mi colega Ben Heppner, no lo tenemos todo.
-Ha visitado poco nuestro país, ¿a qué se debe?
-No lo sé. Canté en la Zarzuela en 1994, y tengo muy buenos recuerdos. Ahora estoy muy contenta en Madrid y en esta misma temporada, en primavera, cantaré «Fidelio» en el Liceo. Dos veces en la misma temporada después de tanto tiempo, aunque para el futuro no existen conversaciones.
-Conoce al nuevo director artístico del Real, Gerard Mortier.
-Le conozco bien, y le deseo buena suerte al Teatro Real.

01 diciembre 2008

Robert Carsen y su vision de la ópera


Robert Carsen es uno de los directores de ópera mas importantes y requeridos del momento. Tiene un sinnumero de producciones para los mas importantes teatros. Es uno de los directores que respondio ante los ataques de Zeffirelli y Lorin Maazel, de que estaban destruyendo la ópera con sus propuestas, segun estos, sin sentido musical y sin ningun respeto a los compositores. Carsen presento en Madrid su version de "Katia Kabanova" ópera de Leos Janácek con Karita Mattila. Aqui una entrevista donde habla de esta produccion, y ademas de su punto de vista sobre la ópera actual, su rumbo e idea.

Entrevista del ABCD Las artes y Las letras, y cortesia del blog de Agatarco.

Robert Carsen presenta en Madrid su versión de Katia Kabanova, un drama intenso donde los conflictos de la condición humana buscan el equilibrio sobre un inmenso río Volga -materializado en 18.000 litros de agua- que ocupa el escenario del Teatro Real. Un montaje espectacular e inquietante, protagonizado por la soprano finlandesa Karita Mattila, que sumergirá al público madrileño en esta tragedia inspirada en La tormenta de Ostrovski y recreada por la revolucionaria música de Leos Janácek.

¿Qué le mueve a aceptar un determinado título operístico y cómo es el proceso de elaboración?

No existe una fórmula para abordar la ópera, porque cada título es diferente. Janácek es un compositor muy intenso, y mi aproximación a su obras es más bien filosófica. La ópera tiene muchas aristas. En ella se encuentra la parte visual, la sonora, la escena, y nuestro objetivo es satisfacer todos esos aspectos. Muy a menudo, lo que sucede es que el público no tiene la misma familiaridad con todos estos lenguajes y por ello hemos de trabajar todos los sentidos. Es muy difícil encontrar en cada producción el equilibrio entre lo emocional y lo intelectual. Por ejemplo, las obras de Messiaen o Berg tienen un nivel más intelectual porque el primer impacto de la música no es emocional, al contrario de lo que sucede con Puccini. Sin embargo, Janácek es completamente distinto porque trabaja a dos niveles: el emocional y el intelectual. En el caso de Katia Kabanova, tenemos que ir al grano, porque se trata de una obra muy corta y muy intensa. Dura menos que la Salomé de Strauss. Para mí, lo más importante es que la presentación quede muy clara, y esto lo consigo a través de la intuición. Por ejemplo, no queríamos que hubiera muchos cambios en la escena, porque distraen al público que tiene que centrar su atención en la música. Lo que pasa en el escenario debe ser un fiel reflejo de la música. En él se tienen que ver los sentimientos que hay en la partitura.

En la historia tiene un gran protagonismo el río Volga, que en su producción se convierte en la base de la propuesta escénica.

El agua, como sabemos, es uno de los cuatro elementos esenciales: posee un significado simbólico a muchos niveles, y casi siempre es un elemento femenino. Representa la belleza, pero también el peligro. Katia al principio es un espíritu libre pero también tiene miedo. El agua, a lo largo de la ópera, refleja su estado emocional: claustrofóbico e incluso paranoico. Para transmitir esto, hemos creado unos espacios muy limitados y restringidos que produzcan esa sensación. Por otra parte, el agua también seduce, representa la belleza y refleja la luz... En la ópera, por lo general, la música tiende a explicar la parte emotiva y psicológica de la obra, pero Janácek no hace esto. En sus obras, no conocemos los antecedentes, no sabemos lo que ha sucedido antes, y todo va muy deprisa. Nos encontramos desde el primer momento con emociones muy fuertes, y el resultado es muy doloroso.

En «Diálogo de carmelitas» -su anterior montaje para el Teatro Real- el argumento gira sobre la religión y el miedo; el personaje principal, Blanche, se entrega finalmente a la muerte. Aquí, el sentimiento de culpa por una infidelidad y la presión empujan a Katia al suicidio. Dos historias de mujeres, con una tormenta interior, que mueren al final.

Sin embargo, se trata de situaciones diferentes. Sí es cierta la presencia de la religión en las dos obras, pero Katia en ningún momento se cuestiona su fe. En su caso, este elemento no es tan importante, tan sólo forma parte de su psicología. Es cierto que, estando casada, ha tenido un amorío con un hombre, pero a ella no le pesa el pecado en un sentido religioso, sino por la situación que se ha creado. Sabe que no hay futuro y eso es lo que la hace derrumbarse. Esta obra marca la psicología moderna dentro del mundo de la ópera.

Ahora que está tan de moda la ópera espectáculo con una gran presencia de nuevas tecnologías, usted opta por propuestas aparentemente muy minimalistas y sencillas...

A veces el minimalismo puede decir mucho. El mundo del teatro es muy extraño. Es posible contar cada vez más con tecnologías y efectos especiales, pero éstos funcionan más en el mundo del cine. En el universo teatral, lo que tenemos que hacer es poner énfasis en las emociones y en las personas. La gente va al teatro para ver a otra gente y sus experiencias, ver a otros sufrir y vivir una catarsis. El público acude para participar de esto. Este equilibrio es muy frágil y si hay demasiada escenografía distrae la atención. Lo que yo pretendo es obligar al público a mirar a los personajes, concentrarse en lo que está pasando. La ópera la compone la gente que está sobre el escenario. También es cierto que en Madrid he presentado dos obras muy minimalistas, pero no siempre es ése el caso. En el Candide, de Leonard Bernstein, he utilizado vídeos y muchos elementos. Depende siempre de la obra. En unas se trata de trabajar con sentimientos, y en otras nos encontramos ante temas satíricos. Lo que estamos haciendo en Katia Kabanova es muy concentrado. Hay que construir una línea en la que todo esté muy limpio, sin interferencias. Desde joven me he basado mucho en Peter Brook y en su libro El espacio vacío, que ha sido un elemento muy importante en mi vida. A partir de ahí, he ido creando mis producciones, cambiando, claro está, sin hacer siempre lo mismo.

Menciona una producción, la de «Candide», que se estrenó en el Chatelet de París en 2007, y que provocó cierta polémica por su contenido -una sátira política en la que aparecían Bush, Berlusconi, Putin y Blair parodiados- y el rechazo inicial de Lissner a presentarla en la Scala. ¿Hizo algún cambio en el montaje con vistas a llevarlo a Milán?

En París fue un éxito tremendo, pero también es cierto que Lissner estaba en su primer año al frente de la Scala y había que tener mucho cuidado. Habíamos metido a todos los políticos del momento, y había mucha presión política sobre él. En Francia, esta obra es muy importante porque fue escrita por Voltaire, una de las grandes figuras de la Ilustración francesa, pero también es muy larga. En Italia, la acorté quince minutos, pero nunca por censurarla. Tan sólo quité una línea que hablaba sobre un cura pedófilo, que tampoco añadía nada a la obra. Lissner nunca interfirió y fue muy valiente. La obra se representó y Berlusconi acudió: se vio en el escenario vestido con un traje de baño.

Usted ha trabajado con Lissner y con Mortier, dos nombres sobre los que se ha especulado como futuros directores artísticos del Real, aunque ha sido finalmente elegido éste último. ¿Cuál cree que debería ser la función de un director artístico?

Es muy difícil hablar de manera global. En un teatro hay que tener en cuenta muchos elementos: la gente que trabaja en él, el público que asiste, si es de repertorio o de stagione... Lo normal para un director artístico es compartir con el público su visión y las obras que cree que van a ser de interés. Mortier y Lissner empezaron en instituciones más pequeñas, han pasado a grandes teatros y han sido tremendamente innovadores.

En el caso de Gerard Mortier es además un director de ópera tan controvertido como las producciones que propone...

(Carsen sonríe y prefiere no dar respuesta a estra pregunta).