28 mayo 2010

Dietrich Fischer-Dieskau, el gran barítono


Nacio el 28 de mayo de 1925. Su verdadero nombre es Albert Dietrich Fischer. Diskau fue agregado al apellido original por el abuelo en 1937. Estudió canto en la capital alemana con Georg Walter y luego con Hermann Weissenborn en la “Hochschule für Musik” de esa ciudad. Sus primeras inquietudes habían sido convertirse en un actor, un director de orquesta o un Heldentenor. Llamado pronto al frente fue hecho prisionero en Italia y llevado a un campo de concentración. Allí continuó entrenándose como autodidacto e hizo algunas presentaciones dentro y fuera del establecimiento de detención.

Terminadas las hostilidades volvió a su antiguo profesor Weissenborn y en 1947 hizo su debut oficial en Freiburg con el “Requiem alemán” de Brahms. Al año siguiente se presentó por primera vez en un escenario lírico (la Opera del Estado de Berlín) como el Marqués de Posa (Don Carlo), personaje que le quedaba como anillo al dedo y al que sabía dar un supremo señorío a través del canto y el juego escénico. En 1949 aparecieron en su repertorio un elegante Don Giovanni y un autoritario Almaviva (Nozze di Figaro). También Wolfram (Tannhäuser), Valentin (Faust), Ford (Falstaff), Marcello (Bohème) y el Landgrave (Santa Isabel de Liszt).



La actividad de la Opera del Estado de Berlín de la dividida ciudad lo tuvo como favorito de creciente popularidad y se lució en las “Semanas de otoño”, donde fue ovacionado en cada presentación. Sus condiciones innatas y cultivadas de músico y actor se fueron perfeccionando y los años posteriores vieron triunfos como el Renato (Ballo in Maschera, 1956/57) Matías el Pintor de Hindemith (1959) y las memorables presentaciones de Wozzeck (1960), aparte de las presentaciones con la compañía en el Teatro Champs-Elysées de París como Almaviva (1956). Además de la actividad berlinesa, se presentó asiduamente (desde 1949) en la Opera del Estado de Munich con roles mozartianos antes aludidos y en las obras de Richard Strauss que tan bien se avenían a sus medios (Arabella, Salomé y Capriccio).

Nuestro barítono creó en esta compañía el complejo papel de Mitenhofer en Elegía para jóvenes amantes de Henze. Fischer-Diskau se presentó por primera vez en Bayreuth en 1954 y durante un período relativamente breve cantó los papeles del Heraldo de Lohengrin, Wolfram, Kothner y Amfortas. Dos años antes había participado en los Festivales de Salzburgo, donde cantaría hasta 1978 papeles como Almavivam, Wotan (Das Rheingold), Don Alfonso y Mefistófeles (Damnation de Faust de Berlioz). Llegó al Covent Garden de Londres con Mandryka (Arabella, 1965). También fue muy aplaudido en Viena en conciertos y funciones líricas. En Italia nunca intentó rivalizar con los colegas de ese origen. Aun así fue invitado por la RAI en 1956 para protagonizar el Guillermo Tell rossiniano (un gran logro) e hizo muchas giras de concierto.


La galería de personajes de Fischer-Diskau es una muestra de su característica versatilidad. Además de Don Giovanni y Almaviva supo ser un agudo Don Alfonso en Cosí fan tutte, el Orador de Zauberflöte y Barak en Die Frau ohne Schatten. Siempre admiró a Verdi y le hizo todos los honores en acabadas encarnaciones de Rodrigo, Falstaff y Renato. En Wagner descollaba sólo en los requerimientos más líricos, pero supo dar vida a Kurwenal, Hans Sachs y al Wotan de Das Rheingold. Su musicalidad acrisolada lo hizo ideal para la literatura del siglo XX, como la mencionada obra de Henze, en Lear de Reimann (Munich, 1978, estreno mundial), Doktor Faust de Busoni, el Matías de Hindemith y el Wozzeck de Berg. Los Estados Unidos lo conocieron mayormente a través de los discos. Debutó allí el 15 de abril de 1955 en Cincinnati con el “Requiem alemán” de Brahms y el 24 de marzo de 1974 se presentó como director de la Orquesta Filarmónica de Los Angeles. Otras agrupaciones han estado bajo su sólida conducción.


Kenneth escribió una biografía suya publicada en 1981. Fischer-Diskau se retiró definitivamente en 1993 por motivos de salud. El arte de este barítono alemán iluminó el firmamento de la música durante cuatro décadas y se lo puede considerar como una de las piedras angulares del arte canoro de su generación. Poseyó un sentido musical único y en el terreno del Lied ha tenido pocos colegas a su estatura. Dominó con talento el factor idiomático de las obras que afrontó y es destacable la manera en que manejó las lenguas italiana y francesa. Con sorprendente facilidad pudo transitar por estilos diversos y logró dejar una profunda huella como cantante de teatro lírico, aunque sin llegar a las profundidades histriónicas de colegas como Tito Gobbi.


Los escenarios concertísticos de todo el mundo no se cansaron de aplaudirlo y su acercamiento al micrófono fue exhaustivo, habiendo dejado un legado imperecedero para todo admirador de la música. Su privilegiada voz de barítono neto fue hermosa, penetrante, sonora y colorida. La perfecta técnica aplicada al noble órgano permitía un juego de dinámica que siempre obedecía al sentido del texto. También exhibió un sabio dominio del pasaje, las notas altas (sin problemas hasta el La) y de uno de los trinos masculinos más perfectos que jamás se hayan escuchado.

La presencia de este cantante (que dividía a la perfección los empeños en recitales y funciones líricas) fue muy útil para enseñar a una legión de melómanos que “canto de cámara” no significa poca voz o desmayada expresión. Gérard Souzay se refugiaba en entregas intimistas que muchas veces sonaron algo lánguidas. Fischer-Diskau, en cambio, supo dar el carácter adecuado (y camerístico) tanto a la estrella vespertina de Tannhäuser, que interpretaaba como nadie, como a los personajes que deben ser diferenciados con vigor y versatilidad en “Erlkönig” de Schubert.


El amor y el respeto de Fischer-Diskau por el canto italiano no sólo se manifestaron con el esmero que puso a las encarnaciones de Rigoletto, Renato, Rodrigo, Scarpia y Macbeth, sino que Beniamino Gigli y Giuseppe De Luca estuvieron entre sus ídolos. Piensa que el arte canoro peninsular está íntimamente ligado con el paisaje (algo con lo que concordamos) pero también que hay cantantes de tipo itálico que pueden provenir de otras latitudes. Admira a Maria Callas por su extraordinaria musicalidad y lamenta no haber concretado una versión de Macbeth con su Lady en los años sesenta.

Fuente: Patrón Marchand, Miguel–Callas y 99 contemporáneos