17 abril 2011

"Capriccio" de Richard Strauss llega desde el Met este sábado


Como parte de la temporada 10-11 del Met que ya esta por terminar, este sábado 23 de abril veremos en vivo la ultima ópera compuesta por el compositor alemán Richard Strauss, y estrenada en 1942, titulada "Capriccio"

Cabe destacar que estaremos ofreciendo como siempre una tertulia donde hablaremos de la obra, compositor, interpretes de esta produccion y videos. Esto en el hotel Crowne Plaza de miraflores, gracias a Radio Filarmonia y Crowne Plaza. La entrada es libre previa inscripcion por teléfonos 5126161 0 5126174 o al correo amigosdelaradio@filarmonia.org.

En este revival del director John Cox, veremos a la diva americana Renee Fleming en unos de sus roles mas completos y celebrados, ya que Strauss le cae como anillo al dedo, y ella es insuperable. La acompañan el tenor Joseph Kaiser y el baritono Rusell Braun como sus pretendientes, el compositor y el poeta. Los acompanan ademas Sarah Connolly como Clairon, Morten Frank Larsen como El Conde y Peter Rose como La Roche.






Capriccio" la ultima de Strauss

Pieza dialogada para música en un acto. Libreto de Clemens Krauss.

El trabajo principal de esta ópera se realizó en 1941. "Ésta no es una pieza para un público de 1.800 personas por noche. Tal vez sólo un manjar para sibaritas culturales", opinaba Strauss respecto de su última comedia. Pero el júbilo desatado en el estreno celebrado en Munich el 28 de octubre de 1942, pareció desmentir estas palabras. Y un interés sostenido en innumerables centros operísticos mantiene esta obra de despedida en el repertorio vivo de los escenarios musicales.

Personajes: La condesa (soprano); el conde, su hermano (barítono); Flamand, músico (tenor); Olivier, poeta (barítono); La Roche, director de un teatro (bajo); la actriz La Clairon (contralto); monsieur Taupe, el apuntador (tenor); dos cantantes italianos (soprano y tenor); el mayordomo, criados, músicos, etc.

Lugar y época: Un castillo en las cercanías de París, en la época de los primeros éxitos de Gluck en esta ciudad, o sea en 1775.

Argumento: Strauss y su nuevo libretista, un director de orquesta mundialmente famoso, no quisieron hacer una ópera en el sentido usual, sino filosofar sobre la ópera. En la obra había que tratar intelectualmente y representar teatralmente la cuestión fundamental de si en una obra de teatro musical predominan el texto o la música. ¡Pero se convirtió en ópera, por supuesto que se convirtió en ópera! Una ópera inteligente, donde se personifican ingeniosamente las ideas y a los problemas concretos se añaden conflictos personales muy bien concebidos.

Un poeta y un músico discuten no sólo sobre la famosa cuestión de «Prima le parole, dopo la música» o «Prima la música, dopo le parole», sino también sobre el corazón de la joven y bella viuda que es señora del castillo. Flamand ha compuesto un bello sexteto para cuerdas, que la condesa oye con atención. El día de su cumpleaños se ofrecerá en el castillo una serie de placeres artísticos, entre otros una pieza de Olivier, en la que aparecerá el hermano de la condesa, para hacer a La Clairon, actriz que procede de París, una ardiente declaración de amor, para lo cual posee un notable talento. El hábil director de teatro La Roche desarrolla sus teorías, que a menudo están en total contradicción con los ideales del artista creador. Olivier aprovecha un instante en que no lo observan para confesarle su amor a la condesa con los versos de un soneto propio. Se suma a ellos Flamand, y está tan entusiasmado que en seguida se dedica a ponerle música en la sala contigua. En pocos instantes ha nacido la nueva obra, que la condesa encuentra encantadora y el poeta, en cambio, deformada. El director de teatro llama al poeta al ensayo, y entonces también el compositor declara su amor a la condesa. La condesa promete una respuesta para el día siguiente. La Roche explica a los huéspedes, sentados alrededor de una taza de chocolate, el festival planeado por él. Su estilo retórico y las observaciones irónicas que intercalan los invitados convierten la escena en un conjunto muy cómico. Pero el director no se da por vencido con tanta facilidad; termina su ardiente discurso como un triunfador, a pesar de las divergencias de opinión cada vez mayores, y es celebrado como corresponde. Clairon lo besa, la cantante italiana llora, y la condesa encarga a los dos rivales, Flamand y Olivier, la misión de componer juntos una obra, una ópera. ¿Con qué asunto? Con los acontecimientos de aquel día, y todas las personas presentes tendrán que ser personajes y actuar. Todos sienten un gran entusiasmo; cuando se separan, todos esperan grandes cosas para el día siguiente. Sólo los criados que adecentan el salón ven las cosas de manera algo diferente: «Todo el mundo está loco, todos hacen teatro. A nosotros no nos enseñan nada, tenemos que mirar entre bastidores. El conde busca una tierna aventura, la condesa está enamorada y no sabe de quién». Cuando se vacía la sala, entra tambaleándose un extraño hombrecillo: es monsieur Taupe, el apuntador, que se ha quedado dormido en su concha. Es una figura digna casi de E. T. A. Hoffmann, un poco ridícula, un poco fantasmal. Se llama a sí mismo «señor invisible del mundo mágico».

El mayordomo se ocupa del pobre señor y lo envía de vuelta a París, donde está ya La Claíron, en compañía del conde, y también los otros. Olivier ha comunicado a la condesa que esperará su respuesta, el final de la ópera, en la que participan todos, al día siguiente a las once de la mañana en la biblioteca. Es la misma hora y el mismo lugar en que la condesa ha citado también al músico. Qué dilema. La condesa contempla el parque que se oscurece, la luna que se levanta suavemente, el silencio, que contrasta con el tumulto de su corazón. Intenta aclarar sus sentimientos. ¿Ama más al poeta que al músico? «¿Son las palabras lo que mueve mi corazón o son los sonidos los que hablan más fuerte?» Imposible decidirse. «¡Si eliges a uno pierdes al otro! ¿Acaso no se pierde siempre cuando se gana?»

La ópera termina en empate, y no sólo queda sin decisión el destino personal de la condesa, de Olivier y Flamand, sino también la cuestión de la prioridad de las dos artes hermanas, la poesía y la música, en la obra creada en conjunto.

Fuente: Clemens Krauss traslada la acción a la época de la reforma operística de Gluck, en la que era de máxima actualidad la cuestión de cuál de los dos factores, la poesía o la música, era más importante. Mozart había denominado a la poesía «criada obediente de la música», pero, para Gluck, los papeles se habían invertido: el texto era el fundamento inamovible, en cierta manera el dibujo del cuadro al que la música solamente añadía los colores.

Libreto: Clemens Krauss creó a partir de esta cuestión (que agita desde hace más de tres siglos, es decir, desde que existe la ópera, a los espíritus ligados a ella) un libreto ingenioso, entretenido, lleno de vida, que fascinó al anciano Strauss. Figuras muy bien concebidas que ejecutan una acción animada en torno a la disputa entre el poeta y el compositor, una mirada en el taller, tras los bastidores de la creación y del teatro, conversaciones sobre cuestiones artísticas: todo está unido, preparado de manera entretenida y presentado de manera magistral.

Música: Igual que Verdi, Strauss se despide de la vida y del arte con una sonrisa sabia, alegre y bondadosa; de manera menos drástica que el gran italiano, más bien en el silencio del poeta vienés Arthur Schnitzler: “Siempre actuamos; quien lo sabe es sabio”. El problema fundamental de la ópera, la importancia de la poesía y de la música, interesó vivamente a Strauss durante toda su vida. Al igual que muchos grandes compositores, se esforzó por conseguir la unión total de los dos elementos en el nivel más alto. Obtuvo la colaboración de grandes poetas y de los más hábiles conocedores del teatro para que la música no tuviera un peso excesivo. Y también allí, donde expone el problema por sí mismo, consiguió una partitura ideal que combina de manera perfecta la poesía y la música. La palabra ejerce su derecho allí donde anuncia cosas decisivas; la música, allí donde la atmósfera que crea es lo más importante. El maestro de 87 años regaló al mundo, con Capriccio, una partitura de gran belleza en la que la sabiduría magistral se complementa con la madurez humana y los sentimientos delicados.

Historia: El trabajo principal de esta ópera se realizó en 1941. «Ésta no es una pieza para un público de 1.800 personas por noche. Tal vez sólo un manjar para sibaritas culturales», opinaba Strauss respecto de su última comedia. Pero el júbilo desatado en el estreno celebrado en Munich el 28 de octubre de 1942, pareció desmentir estas palabras. Y un interés sostenido en innumerables centros operísticos mantiene esta obra de despedida en el repertorio vivo de los escenarios musicales.

Fuente: "Diccionario de la Ópera" de Kurt Pahlen