05 octubre 2009

La Damnation de Faust en México

Enkelejda Shkosa, Ruben Amoretti, Ramon Vargas.
Credito: F.S. / Conaculta


1
No es el secreto mejor guardado en México que ocurrencias, caprichos e intereses particulares han servido a los directivos de la Compañía Nacional de Ópera como guía para definir su programación desde hace ya mucho tiempo. Con Alonso Escalante a la cabeza de la institución, el sistema no parece ser muy distinto.
2
La creación y retención de públicos, el armado de un repertorio de títulos básicos que nutren a cualquier compañía del mundo por modesta que sea —puesto que en el país no lo tenemos—, el aprovechamiento del talento nacional —compositores, cantantes, directores, creativos— que clama por la oportunidad de expresarse, las producciones y coproducciones pensadas para reponerse en diversas plazas y así aminorar el impacto de sus gastos y elevar el número de funciones, todo lo cual podría traducirse en un posible incremento de la calidad presentada, hoy no son criterios que influyan en la CNO para armar su temporada lírica. Y quizás sea ésa la razón que explica por qué la Compañía Nacional de Ópera —que pretendidamente intenta pasar por Ópera de Bellas Artes— perdiera su lugar preponderante en la producción y presentación de ópera en México. Numerosos estados de la república a través de sus institutos de cultura y universidades, la iniciativa privada, asociaciones civiles: cualquier esfuerzo —incluso mediano— por hacer ópera, la han dejado atrás. Rezagada y en evidencia de su burocratismo inoperante, incapaz de modernizarse y responder a las necesidades actuales del país.
3
La condenación de Fausto, leyenda dramática en cuatro partes de Hector Berlioz, estrenada en su versión original de concierto en Francia, en 1846, y en una escenificable en 1893, se presentó los pasados 27 de septiembre y 1 de octubre, en la Sala Nezahualcóyotl de Centro Cultural Universitario, como parte de la Temporada 2009 de la CNO. Para este par de funciones, se optó por la versión de concierto que por las condiciones de hambruna operística no la hacen la más deseable para el público.
4
La selección de este título fáustico es posible entenderla girando en torno a una sola persona. A un cantante sin duda destacado y de credenciales artísticas irreprochables: el tenor Ramón Vargas, otrora representado en México por el hoy director de la CNO Alonso Escalante. El año pasado, aún con la administración de José Areán, ocurrió algo parecido con la presentación de Eugene Oneguin. Aunque se programó por él, en ese entonces el maestro Vargas decidió cancelar y dejarnos a la CNO y al público que deseábamos ver su aclamada interpretación de Lensky con la mesa servida, acaso con razones contundentes pues por lo visto la producción fue poco menos que mediocre y en todo caso muy distinta de la que le habían hablado. Ahora, dentro de algunas semanas, Ramón Vargas, como parte de sus importantes compromisos internacionales, participará en La condenación de Fausto en la Metropolitan Opera de Nueva York y es de suponer que no le venía mal ensayarla aquí, con coro, orquesta, demás solistas, incluso en una sala donde el público lo ovacionó desde que salió al escenario. Sin siquiera poner en duda el nivel artístico de sobra demostrado por Ramón Vargas a lo largo de sus 27 años de carrera profesional, dos preguntas más bien hacia la CNO:

1.- ¿Debemos asumir que en su operación es prioritario el beneficio particular que determinar políticas públicas de bien común?
2.- ¿A quién más está dispuesta a brindar privilegios tales como servir de sparring? ¿De disponer un encuentro para pelotear, para soltar las piernas, para un partido amistoso?
5
La voz de Ramón Vargas es aterciopelada, cálida, de un timbre muy bello y emitida con depurada técnica y control. Su dicción del francés les pareció meritoria incluso a varios franceses que estuvieron presentes en la Sala Nezahualcóyotl en este par de funciones. No obstante, la orquestación berlioziana resulta demasiado densa para sus características vocales, para su volumen, su potencia, incluso por momentos para su color. El resultado fue que su instrumento no se alcanzaba a escuchar del todo y de hecho se perdía en los números de conjunto. Consciente de ello, en el transcurso de la ejecución Vargas pareció no inseguro pero sí estar probando diferentes recursos como colorear pasajes de distinta manera, medir frases, encontrando ventanas orquestales por las cuales asomar la voz, dando mayor fuelle a su volumen, en suma, tanteando la obra. Más precavido que entregado. Como alguien que está en una casa vacía y piensa dónde colocar la sala, dónde el televisor, en qué pared algunos cuadros, en qué habitación la cama.
6
La mezzoprano albanesa Enkelejda Shkosa cumplió con una destacada intervención en el rol de Margarita. Su voz se proyectó de entre la música con firmeza y se ajustó en estilo e interpretación de su papel. El bajo-barítono español Rubén Amoretti hizo un Mefistófeles de gran personalidad vocal. Con una técnica que cubre la emisión de su voz para darle oscuridad y uniformidad en todo su registro, y haciéndola elegante y misteriosa a la vez. Los ataques de su fraseo fueron en ocasiones algo guturales para sonar con el color oscuro que quizás no tenía del todo cuando cantaba de tenor, al inicio de su carrera. El barítono Jorge Lagunes cantó el breve rol de Brander y no lo hizo mal.
7
“Griten, griten de terror, griten como un huracán, giman como un bosque profundo, que las rocas caigan y los torrentes se precipiten, griten de miedo porque en este instante ven pasar por el aire los caballos negros, las campanas se apagan, el sol se extingue, los perros gimen, el diablo se ha adueñado del mundo (…) Dense cuenta, están cantando el Fausto de Berlioz, no para gustar, no para impresionar, ni siquiera para emocionar; lo están cantando para espantar: ustedes son un coro de aves de pésimo agüero (…) ¡Griten!, griten al mismo tiempo su terror y su agresión, defiéndanse, el diablo no es uno solo, ése es su engaño, posa como Mefisto pero el diablo es colectivo, el diablo es un nosotros inmisericorde, una hidra que desconoce la piedad o el límite…”.
Las anteriores, son algunas de las palabras con las que el director de orquesta Gabriel Atlán-Ferrara preparaba para La condenación de Fausto a sus huestes corales y orquestales en Instinto de Inez, la novela de Carlos Fuentes. Si consideramos esa directriz en La condenación de Fausto de la Sala Nezahualcóyotl, la Schola Cantorum de México, el Coro y la Orquesta del Coro del Teatro de Bellas Artes bajo la batuta concertadora de Ivan Anguélov cumplieron con una labor extraordinaria. Salvo en un pasaje que curiosamente habla de dormir, el sonido fue demoníaco, sin matices ni pianos. Con todos los solistas y agrupaciones arriba del escenario, saturó incluso la Nezahualcóyotl. Aunque ni así despertaron a los numerosos integrantes del público que tomaban la siesta a mi alrededor.
8
Siempre será un privilegio que estrellas como Ramón Vargas canten en los recintos de nuestro país. Pero no necesariamente en estas condiciones en que se viene a foguear —que es muy distinto de debutar— un papel, no en una versión de concierto que no es lo más apetecible para la ópera como género, no en un contexto operístico de sequía como el que encabeza la CNO, en el que las oportunidades y ventajas que se le dan a las figuras consagradas se le escatiman a los jóvenes, tal como según su propio testimonio le ocurrió a Ramón Vargas en sus inicios, en México, hasta que mejor se marchó del país: “Yo me fui con la misma tristeza que nos vamos todos aquellos mexicanos que buscamos oportunidades. No me marché para crecer, como debió haber sido, sino para buscar las oportunidades que aquí nunca me ofrecieron. Es muy distinto salir porque quieres desarrollarte y enriquecerte profesionalmente, a irte por necesidad (…) De verdad es una situación desesperante y que, a veces, te hace perder el equilibrio” (Pro Ópera año XI, número 4, julio-agosto de 2003). Vargas se fue, triunfó y se equilibró en un camino trascendente de la lírica. Pero muchos otros se quedan, pierden el equilibrio y caen en el olvido, en la frustración. Desde luego eso no es responsabilidad más que de una estructura lírica nacional que no identifica sus talentos ni los procura ni desarrolla. Que no acaba de entender que hay acciones honestas pero inmorales, como diría Gabriel García Márquez en Entre cachacos. Y mientras todo eso siga ocurriendo, como hasta ahora, no se condena Fausto, nos condenamos todos los operófagos y no tendremos una Compañía Nacional de Ópera ni ópera escalante, sino descendente. En picada. Llegando tal vez al averno, que quizás es algo mucho más terrible que sólo no tener ni la esperanza de escuchar Las bodas de Fígaro.