03 septiembre 2009

El Elixir peruano (ACTUALIZADO)


Por Gonzalo Tello
Operaperu.com


“L’Elisir d’Amore” es una de las pocas comedias que, al ser tan "universal” y con muy pocos patrones obligados de lugar y época, es posible acondicionarla y agregarle el toque local, que le permite ser mas amigable con el público que la ve por primera vez. Ya sea en una playa de la Riviera Maya, los Alpes suizos, o hasta en un pueblo del Perú.
Se abre el telón y vemos un gran arco, junto a una vista de un gran valle entre dos montañas. Nubes volando sobre éstas, que más tarde, cuando es de noche, dan lugar a la luna y las estrellas. Elementos propios peruanos, como telares, pachamancas, una mototaxi, elementos “chicha”, y una mezcla graciosa de botas y zapatos con faldas al estilo pollera, es lo que resalta a primera vista.

En esta ópera, Donizetti mezcla los estilos heredados de Rossini y Bellini. Más conocido por sus dramas, en los que era especialista, sus comedias siempre son inocentes y sin tanta audacia como las de Mozart o el mismo Rossini. Esta ópera es tan ingenua, que su historia puede parecer un cuento para niños. Su mayor relevancia radica en las melodías y concertantes, que la convierten en una obra hilarante y capta la simpatía popular inmediatamente. Destacan aquí la entrada de Nemorino “Quanto e bella”, el duo “Una parola, o Adina”, el aria de Dulcamara, y por supuesto, “Una furtiva lagrima” una de las arias mas famosas del bel canto.

Emilio Montero, en su primera ópera a gran escala (el debuto con un “Dido y Eneas” hace unos años), hace una lectura profunda y detallada de la obra. No se aleja de los parámetros establecidos, logrando que la obra resulte siendo una comedia inocente, con ciertos rasgos de picardía y muy propios de nuestra cultura criolla. Desde que se abre el telón ya vemos color, movimiento, y un trabajo detallado con cada uno de los artistas y miembros del coro. La escena es típicamente una nacional, resultando simpática a primera vista. Cada personaje muestra su personalidad a través de gestos, y ese movimiento escénico, tan coreográfico, le dio el toque final a una exitosa propuesta. En esto cabe destacar también a los figurantes, la enfermera de Susan León y los soldados de Belcore, que le dan mayor ritmo y dinamismo al texto y la música.

El tenor peruano José Marino entrega un Nemorino en la línea de sus antecesores peruanos. Voz ligera de un refinamiento sofisticado y con un fraseo elegante y delicado Aunque falta un poco de seguridad arriba, su interpretación es de buen nivel. Destacado actor, con trayectoria en las zarzuelas, hace destacar su interpretación y hace del personaje uno muy divertido que el publico ovaciona en agradecimiento.

El tenor siciliano Iván Magrì tiene una voz lírica estupenda, mas parecida a la de un joven Roberto Alagna. Extraordinaria fue su rendición de “una furtiva lagrima” y mantuvo una línea pareja durante toda la obra, con picos durante su dúo con Belcore y el dúo con Adina. El tenor posee gran facilidad para los agudos y sobreagudos, brillando en estos, con una emisión limpia y entregada.

La soprano granadina Laura Sabatel tiene un perfecto fraseo, cada nota en su lugar, y todo esto proyectado por una bellísima voz. Como actriz es segura, expresiva y correcta en cada momento. Destaca, sobre todo, en el dúo con Dulcamara, donde hace alarde de picardía e inocente sensualidad. Su coloratura y fraseo en su aria final resulta exquisito. La voz resulta pequeña, como la de una Zerlina de "Don Giovanni", no necesariamente siendo esto impedimento para creernos su personaje.

La mexicana Irasema Terrazas, como Adina, demuestra su experiencia en tablas con gran intención y seguridad. No muy segura en ciertos pasajes musicales, pero es evidente su conocimiento de este rol, el cual lo ofrece al publico con gran carisma personal. Su segundo acto es de destacar, en el dúo con Dulcamara, y su cavaletta final.

El Belcore del barítono peruano Xavier Fernández entra a escena con inestabilidad vocal, no estando a la altura sobretodo en los dúos con Magrì. Pero mejora durante los concertantes. Se lleva la simpatía del público por su entretenida interpretación de un sargento excesivamente egocentrista y que se cree más listo de lo que es.

El argentino Norberto Marcos es un Dulcamara ligero, pero rebosante en el escenario como el médico “Chamán” que conquista el aplauso de la audiencia desde el segundo que aparece en escena. Su personaje es un perfecto charlatán, y así se encarga el barítono de ridiculizarlo en una simpática interpretación. Teatralmente este baritono es infalible, enamorando al publico .

La Gianneta de Lorena Aranda es completa en color, proyección, presencia y sentido teatral. De destacar, pues allí se vislumbra una voz protagonista en el futuro. Incluso podria asumir el rol principal en no mucho tiempo si lo prepara.

La dirección de Espartaco Lavalle es una atenta, apoyando a los artistas permanentemente, además de precisa y dinámica, con tiempos que aportan con creces a ese tono lúdico y juvenil. El director proyecta su pleno conocimiento de la partitura y les exige precisión a sus cantantes durante toda la obra. Como resultado es importante resaltar la precisión y afinación que la orquesta mantiene durante toda la obra.

El coro destaca por igual en la parte vocal como teatral. Participa permanentemente de la acción durante gran parte la ópera. Destaca en la entrada de Dulcamara y el coro de mujeres del segundo acto. Musicalmente sobrepasan la calidad esperada para este titulo, sin embargo, deben mejorar el volumen y la precisión de la emisión. Sobretodo en las entradas de ciertos pasajes, pues no siempre el sonido es parejo.

Una puesta muy bonita y fácilmente identificable con nuestro público, que merecería ser repuesta en un plazo corto. Es tiempo que las obras no queden relegadas a los depósitos, y se las presente continuamente. Este "Elisir" perfectamente podría montarse no sólo en las temporadas del Segura, sino en teatros mas pequeños de otros distritos y otras ciudades. Allí la receta para el crecimiento de las compañías y la real difusión del genero. A mayor presentaciones, mayor ingreso, mayor capacidad de aumentar montajes, y mayor difusión de la ópera.